Coahuila  es  un  estado  rico  en  historias, mitos y leyendas. La imaginación de los viejos  pobladores coahuilenses  los  lleva  a  crear  relatos  fantásticos  que  hoy forman parte de nuestra cultura.

Nuestro estado ha sido escenario de importantes acontecimientos de la historia de México y cuenta con una riqueza arquitectónica impresionante, lo cual da pie a que historias reales o fantasiosas tomen vida en nuestros pueblos.

 

Arteaga

“La Llorona viene a Arteaga cuando hay recién nacido”
Autor: Arq. Mario Monjaraz

Recuerdo muy bien a mi abuela, que con sabiduría decía: “Cuando hay un niño chiquito en la casa, si éste no está bautizado al finalizar el día, que todos tengan cuidado”.

En la Villa de Arteaga, los vecinos asustados aseguran que cuando una mujer recién ha parido, por la desolada Acequia de las Casas, a La Llorona han oído. Hablan de lamentos, gritos de dolor y llanto, que con sobrada razón les hacen dar brincos de espanto.

Esto pasa en las noches, cuando todo es quietud y calma y la acequia susurrante lleva el agua a esa hora.

Triste y doloroso, a lo largo de la acequia, baja el llanto y una mujer que a la neblina asemeja, desde la calle de Zaragoza, pasando por Román Cepeda y hasta la Alameda.

                                                                                                             

Cuatro Ciénegas

El Cerro del Muerto Cuatro Ciénegas Coahuila Turismo

“El Cerro del Muerto”
Autor: Manuel Saúl Facundo

Cuenta una antigua leyenda, que el buen Juan Diego, conducía a cuestas por la senda que va al pueblo, dos grandes fardos de rosas frescas y níveos nardos.  Ya muy cansado se sentó a la vera del emparrado; abrevó en la linfa de los manantiales de “Romaguera”, comió uvas fragantes de la madura viña y, adormecido por la fatiga, sobre el buen Juan Diego, sus tenues velos tendió Morfeo.

Las ninfas que se crean en las claras linfas de “Romaguera”, hicieron diabluras a sus delicias a costa del indio bueno, que fuera elegido por la Guadalupana para que, por las estepas de nuestro suelo,  llevara las frescas rosas que serían crisálidas maravillosas de un cuento, que al transformarse en seres tomarían la forma de las mujeres; y fueron las ninfas del cuento, las que hurtaron las alforjas al buen Juan Diego y desperdigaron por los viñedos y las praderas su contenido, con la pericia de un labriego fuera sembrando en el milagro de nuestro suelo.

De ahí nacieron nuestras mujeres, de alma grande y faz serena. Inigualadas, benditos seres que, en sus reclamos, son fieles y leales; en sus amores siempre abnegadas; sólo que como mujeres, afilan garras que semejan a los puñales con los que vengan afrentas si son burladas.

De las espinas de aquellas rosas y el redivivo germen de los parrones en amalgama, nació la estirpe de los varones de fama tan mexicana, porque caldea en ellos el alma brava, en su espíritu hay entereza que se reafirma con la lealtad, y en sus modales y en sus acciones, son generosos sus corazones que se inclinan por la piedad, pero en la contienda, se revelan como la pujanza de bravos leones; por eso Ciénegas de Carranza tiene prestigio de ser el pueblo de promisión; en sus entrañas se fertiliza la gloria de sus hazañas en los claros timbres de su historial; nobleza adentro y nobleza afuera, todo se funda en la lealtad y en su alma hay gran cariño que le inspira como oblación, legarlo todo si se lo pide, la paz bendita de la Nación.

Y el indio triste, el elegido, buscó los fardos que no encontró, y como un proscrito siguió vagando sin punto fijo; ascendió la cumbre de la montaña y desde la altura, quedó observando que florecían allá en los huertos, las bellas rosas de sus alforjas. Rendido por la fatiga, cumplida así su misión se sintió extenuado, aterido, yerto y, abandonándose en la cumbre de la montaña, petrificado quedó su cuerpo; entonces se obró el milagro y el cerro, que todos llaman allá en mi pueblo, CERRO DEL MUERTO.

                                                                        

General Cepeda

La novia vestida de blanco General Cepeda Coahuila Turismo

“La novia vestida de blanco”
Autores: Profr. Jorge Luis Esquivel Pérez y Ma. Antonieta Oyervides de Esquivel

Se dice que hace muchos años alrededor de 1873, en esta villa de Patos (hoy llamada General Cepeda) vivía un joven militar que estaba enamorado de una bella jovencita que  había pedido en matrimonio  y debido a las costumbres de antes la novia era depositada en la casa de los padrinos de la boda, y ahí permanecía sin salir hasta la fecha en que se iba a realizar el matrimonio.

El joven pretendiente pertenecía a la guarnición que comandaba el Gral. Victoriano Cepeda, en esta plaza y un día antes de que los jóvenes se unieran en matrimonio, hubo una acción de armas entre el Congreso y el Gobierno del Estado que se efectuó en un rancho cercano a esta población llamado San José del Refugio. Ese mismo día el joven pretendiente va en busca de su amada para avisarle que tenía que ir pero que regresaría para que se efectuara el casorio, diciéndole a su amada que estuviera lista, que él llegaría a tiempo.

Pero el joven sin saber que esperaba la muerte en esa acción de armas no pudo llegar a la cita, y la joven enamorada y llena de ilusiones, se alistó poniéndose su vestido de novia y así esperó y esperó convencida de que su amado joven regresaría como se le había prometido, pero la joven perdió la razón desde ese momento que le avisaron que el joven militar había muerto en batalla  y duró muchos años, vagando y recorriendo las calles.

Siempre se le veía con el vestido de novia blanco que salía de la Iglesia de San Francisco de Asís y se dirigía por la calle de Gral. Cepeda hacia el sur y al llegar a la calle de Zaragoza da vuelta por la casa del Dr. Jesús Vitela hasta la  calle de Guerrero, por  la casa de la Sra. Isidra Téllez y da vuelta por la calle de Juárez hacia el norte y entraba a la casa  de los padrinos donde la tenían depositada.

Y así murió aquella joven esperando la llegada de su amado, aunque  su cuerpo fue el que dejó de existir, su espíritu seguía vagando con la esperanza de que algún día regresaría su amado,  los padrinos tuvieron que dejar la casa después de  la muerte de la joven, porque a diario se aparecía, la vivienda quedó abandonada porque la gente le tenía miedo a la novia vestida de blanco.

Y así trascurrieron los años, hasta que mis suegros adquirieron esta casa a pesar de lo que la gente les advertía, mi esposo Reyes Esquivel y sus hermanos crecieron en esta casa en compañía de la novia vestida de blanco y se acostumbraron a verla entrar a su casa y recorrer el patio y desaparecerse en un granero que se encontraba en el fondo del patio, mis cuñados alzaron el vuelo y partieron de esta casa quedándose mi esposo Reyes, mis 8 hijos y yo con sus padres hasta que fallecieron.

Ahora mis hijos y mis nietos  han crecido en esta casa acompañados de la novia vestida de blanco, la gente la ha visto que va como flotando por que sus pies no tocan el suelo. El sentir y ver su presencia, más que miedo, creo que sería más bien un ejemplo de amor y fidelidad, que ni la muerte la ha dejado desistir de esa eterna espera de su amado. Su vestido es de encajes de color banco, de los modelos de novia de aquella época. Entre sus manos trae un ramo de flores blancas y una chalina  del mismo color  que le cubre la cabeza y la cara. Su caminar es  erguido,  y así recorre las calles hasta entrar a mi casa y perderse entre las sombras del patio trasero.

                                                                        

Saltillo

El callejón del diablo Saltillo Coahuila Turismo

“El Callejón del Diablo”
Autor: Froylán Mier Narro

En el pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala, la calleja que andando el tiempo se llamaría del Diablo estaba formada por casas, huertas y solares pertenecientes a los colonos tlaxcaltecas.  Pero causas inevitables iniciaron la penetración de españoles y criollos en el nuevo poblado.

Uno de ellos, don Juan de Solís, originario de la villa española, era muy estimado por sus cualidades de hombre decente y súbito leal de la Católica Majestad del Rey de las Españas. Tenía sesenta años, aunque bien disimulados por su complexión sana y robusta, estaba casado con una hermosa mujer señora bastante más joven que él, de la que tenía un hijo inteligente y gallardo.  Este mozo había cumplido, a la sazón, dieciocho años, estudiaba humanidades con los padres del Convento de San Francisco, y andaba ya en los primeros escarceos amorosos, aunque todavía inocentes, protegido por las blanduras maternales, a espaldas del padre.

Con firmes convicciones y arraigada fe religiosa, con mujer bella y hacendosa, con un hijo aventajado intelectual y físicamente, bienquisto de sus convecinos, en situación económica modesta, pero desahogada, don Juan de Solís poseía elementos bastantes para considerarse dichoso. Pero no era así, por desgracia.  El buen caballero había caído en la más torturante flaqueza que puede enseñorearse de un corazón apasionado: la de creer que su esposa le era infiel, que defraudaba el entrañable amor que él sentía por ella, y le deshonraba ante la opinión de las gentes.

Una noche, después de las ocho, regresaba a su casa.  Era invierno y todas las puertas estaban cerradas y las calles oscuras y solitarias. Caminaba el caballero pensativo y cabizbajo. De pronto se dio cuenta de que alguien venía tras él. Se detuvo y puso mano a la espada, pues aunque sabía que la seguridad de personas y bienes era proverbial en la villa, no estaban demás las precauciones en medio de aquella soledad y de aquellas tinieblas.  El que venía, se emparejó con don Juan, le saludó respetuoso y afable, y siguió caminando a su vera.  Era un tlaxcalteca, más viejo que joven y vestido modestamente, a usanza de la clase trabajadora.

 

-¿Quién eres? – le preguntó don Juan.

- Blas Cázares, servidor de su merced.

- Gracias.

- Conocí al abuelo y al padre y al padre de su merced… Veo con frecuencia al niño don Juan, que por cierto, es el vivo retrato de su abuelo, y me recuerda lo bueno que era aquel caballero, no agraviando a lo presente. Siempre he tenido cariño por la casa de su merced.

- Te lo agradezco, y tengo mucho gusto de haberte conocido… ¿Y que haces por aquí a estas horas? ¿Vives en este barrio?

- Voy a buscar a un amigo, y después, a mi casa, que es la de su merced, en el callejón de Los Tejocotes.

Habían llegado a la esquina de la calle del Mezquite (hoy de Carranza 1936) y el callejón cuyo primitivo se ignora y que después se ha llamado del Diablo.

- Volveremos a vernos- dijo don Juan, haciendo ademán de despedirse.

- Antes de separarnos- insinuó el tlaxcalteca bajando la voz, no obstante la soledad y el silencio de la calle-  quiero decir a su merced una cosa que le interesa.

- A ver…

- Su merced cavila y sufre porque cree que su esposa lo engaña.

-¿Cómo te atreves a hablarme de esas cosas? -exclamó don Juan con tono severo y altivo.

- Porque quiero a su merced y deseo hacerle un servicio: dentro de cuatro días le presentaré pruebas claras de que se equivoca, o de que no se equivoca.

Una promesa de certidumbre, en un sentido o en otro, tiene para el celoso atracción irresistible. Ante aquella posibilidad de saber, de calmar definitivamente la duda y la inquietud, se desvaneció la orgullosa susceptibilidad de don Juan, que no experimentó ya otro sentimiento que conocer la verdad cualquiera que ésta fuese.

- Sí señor, se lo prometo. Nos veremos en esta misma calle y a esta misma hora… Que pase su merced buenas noches.

Y se apartó, perdiéndose en las sombras. Don Juan se quedó unos minutos inmóvil, como anonadado por la impresión de aquella promesa, sin saber a ciencia cierta si le daría o no crédito.

La noche en que el plazo vencía, caminaba lentamente don Juan de Solís por la misma calle y a la misma hora que la vez anterior, y como entonces, cercado de oscuridad y silencio.  “¿Vendría Blas Cázares a hacerle la revelación prometida? ¿Iría a dejarlo en aquella incertidumbre y ansiedad espantosa?”

Repentinamente surgió de las sombras el tlaxcalteca, como si hubiera brotado de la tierra, y aproximándose a don Juan le dio las buenas noches.

-¿Y bien? – preguntó el caballero sin disimular su impaciencia.

- Por desgracia- dijo mesuradamente Blas Cázares- lo que sospechaba su merced es cierto.

- ¡Las pruebas!… ¿Dónde están las pruebas? –exclamó el caballero con un grito ahogado, mezcla de sollozo y rugido de cólera.

- Mañana finja su merced un viaje.  Vuelva en la noche, y ocúltese en algún hueco próximo a su casa… Entre las doce y la una, verá llegar a un hombre de capa larga y sombrero de anchas alas… Cuando él esté llamando suavemente a la puerta, podrá su merced, si así lo desea, tomar la debida venganza… Volveremos a vernos.

El tlaxcalteca se apartó rápidamente de don Juan sin darle tiempo nuevas interrogaciones.

-¡Escucha! ¡Espera!

El caballero avanzó en seguimiento de Blas Cázares, pero éste, doblando la esquina, había desaparecido.

A la mañana siguiente partió don Juan de Solís para Santa María de las Parras, al desempeño de una comisión oficial, que según anunció a su mujer, le ocuparía una semana.  Pero apenas salió a despoblado, cuando en vez de seguir adelante, se adentró en un bosque de huizaches, a la vera del camino, y teniendo su capa en el lugar más espeso y escondido, se tumbó a devanar sus pensamientos y a esperar la noche.

Entre alternativas de intentos razonables y descabellados pero presintiendo que llegado el caso, se dejaría llevar por el impulso primordial del furor y venganza, pasaron las horas que le parecían interminables, y al fin se cerró la noche, tenebrosa y destemplada, como convenía a sus fines.

Por el extremo norte que daba a solares despoblados, a milpas y tierras baldías, entró don Juan en el callejón donde estaba su casa, y se escondió arrimándose al tronco de un nogal corpulento, a dos metros de su puerta.  Todo estaba oscuro y callado. Era ya más de la medianoche y el caballero comenzaba a cansarse.  Unos pasos sonaron  a lo lejos y parecía que se acercaban lentamente; un bulto se dibujó en las sombras, primero confuso y definiéndose luego como el de un hombre rebozado en larga capa y calado hasta los ojos el sombrero de anchas alas.  Se detuvo en la puerta de don Juan de Solís y llamó con tres suaves golpes.  El caballero salió rápidamente de su escondite y sepultó su espada en el cuerpo del desconocido que cayó en tierra sin defenderse ni lanzar una queja.

Casi al mismo tiempo la puerta se abrió; don Juan saltó hacia dentro con la espada en la mano y el rostro transformado por una mueca de salvaje furor.  Su esposa corrió hacia la puerta.  El instinto de la madre adivinó lo que había pasado.  El la siguió sobrecogido.

-¡Es mi hijo!… ¡Mataste a mi hijo! –gimió la pobre mujer arrojándose sobre el cadáver ensangrentado.

 

Don Juan acercó el velón al rostro del muerto que había caído con la cabeza apoyada en el umbral… Lanzó horrible grito, y huyó hacia la calle, como una fiera perseguida.  Se había vuelto loco.

Algunos meses después recobró la razón y declaró ante un juez la historia de su crimen. Se comprobó que Blas Cázares no había existido nunca en el pueblo de San Esteban ni en la villa de Santiago del Saltillo. ¿Nombre supuesto? Quizás. ¿Pero quién podía haber tenido motivos suficientes para hacer un mal semejante?

La gente creyó que había sido el Diablo quien celoso de las virtudes de don Juan de Solís, le preparó tan espantosa celada, y nadie dudó de que el Enemigo Malo campeaba por sus respetos en aquel callejón que desde entonces tomó su nombre.

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